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Mi vida y el cine: historias, lecciones y películas

Por Miguel Ángel Galán

A finales de 1800 apareció una nueva forma artística, que por sus luces y sombras se parecía a los sueños. El cine deslumbró al mundo con un tren acercándose al público en 1896 pero a mí me impactó en 1998 con el hundimiento de un barco en la pantalla. Desde entonces no he salido de ese sueño de luces y sombras. Esta entrada del #blogCIBEF es un recorrido breve sobre mi vida y el cine, una relación llena de películas, historias, sueños y una que otra lección para la vida.

Sorprenderse por primera vez

Invierno del 98, complejo Multicinemas. En el que entonces era el cine más concurrido de mi ciudad vi Titanic acompañado de mis tíos. Puedo recordarlo todo, era como un pequeño palacio: el olor caliente de las palomitas, los dulces caros y los helados que no me compraron, el tacto de las cortinas en la entrada de la sala, las luces del pasillo central, el terciopelo de los asientos.  

Recuerdo también el pequeño ritual que abría la función: la música bajando repentinamente, la sorpresiva oscuridad de la sala, la pantalla brillante, el volumen subiendo, el murmullo de la gente, la mirada sonriente de mis tíos que decía “ya va a empezar”. 

Sumido en un asiento, rodeado de golosinas, como una pausa en la vida normal de un niño, tuve la sensación de perderme en una película extensa, llena de personajes, dramas y conflictos que no entendía. Pero no fue una experiencia marcada por la razón sino por la emoción. El recuerdo que marca aquella tarde de invierno fue el de no creer que las imágenes que estaba viendo fueran simplemente posibles: el barco, impresionante y majestuoso, su color contrastante de negro y blanco, las chimeneas doradas, el lujo, la impresionante maquinaria, el hundimiento, la famosa melodía de Céline Dion. Todo era tan nítido, tan real, tan posible.

Plaza Crystal en los noventas, la plaza donde se ubicaba Multicinemas. https://cronicadelpoder.com/2021/07/27/plaza-crystal-en-del-xalapa-de-antes

Lo que sentí no fue la sorpresa que se tiene ante un truco de magia o de fuegos artificiales, era un sentimiento que me envolvía el pecho. Afortunadamente no sería la única vez que tendría una impresión así. 

Es 2001, una tarde perdida de invierno, y en la pequeña televisión del negocio de mis papás, entre anuncios y programas familiares, aparecieron imágenes espectaculares de castillos, abismos y montañas, tomas en picada bajando de altas torres, música de cadenas y metales chocando. Era el anuncio del estreno en México de El Señor de los Anillos: la comunidad del anillo. Corría a la televisión cada vez que lo volvía a escuchar. 

La posibilidad de que la fantasía fuera real volvía a sorprenderme como la primera vez. Esta vez ya no estaba dentro del cine pero el tiempo volvía a detenerse en medio de cajas, mercancías y botellas por el asombro de ver magos, guerreros y ejércitos enormes. Esta vez la sorpresa se transformó en felicidad, la felicidad de ver que la magia es real y que esta película existe, que puede verse una y otra vez para asombrarse de nuevo. Esto tiene el cine, siempre te sorprende “por primera vez”.

Cuidado con lo que ves: el cine abre puertas

Una tarde aburrida, una reunión de amigos y una película de terror: El Exorcista, el clásico de William Friedkin de 1973. La vemos desde el comienzo, nadie la había visto desde ahí. Aparecen estatuas diabólicas en el desierto, discutimos de religión e historia, éramos estudiantes de sociología y todo era motivo de discusión. Las escenas se trasladan a Washington, casa de la protagonista, el sótano, la ouija, un juego que abre puertas. Avanza la historia y el terror comienza a liberarse con más fuerza, un terror que podía tocarse y sostenerse, el ambiente se hacía más pesado. Apenas vimos descender a Reagan de las escaleras caminando como una araña quitamos la película.

Póster alternativo de El Exorcista por Phantom City Creative.

En cuanto el ánimo se aligeró comenzamos a preguntarnos qué había pasado, coincidimos en que “algo” estaba ahí con nosotros en la sala, algo que, conforme avanzaba la película, se hacía más denso. Yo no conozco mucho de lo que hay afuera de este mundo y de este plano, así que a “aquello” lo nombraré como miedo y había entrado precisamente por la puerta que la película había abierto.

A veces las puertas se abren sin necesidad de ver la película, basta con contarla. Un grupo de amigos bebe y platica, entre otras cosas cuentan sus películas de terror favoritas. Tienen algo de simpatía por el diablo porque todos coinciden en una cinta, El Exorcismo de Emily Rose (2005). Qué película, tiene todo: investigación criminal, juicios, argumentos sobrenaturales, varios jump scares. De esa película saltan a otra: La Profecía, la mini serie It, El Conjuro. 

La plática se hace más interesante. Abren más cervezas, prenden cigarros y con un miedo creciente pasan a las historias familiares: la casa de la tía, los sonidos que escuchó un amigo, las cosas que se mueven, esa sombra en la casa, los ruidos en la noche que estuvimos solos, el aullido de los perros, el montón de ropa, el reloj a las 3:00 am, el grito en la calle, la voz que te nombra, la cama que se mueve, el cuerpo rígido en medio de la noche…

… pero ya, mejor hay que hablar de otra cosa porque se abren puertas.

El cine como bálsamo

De nuevo es invierno pero ahora del 2021. Llego arrastrándome a mi casa, hace frío, es de noche. Emprender un negocio es difícil, una de esas cosas que no comprendes hasta que lo vives. Me quito la mochila, las llaves, la cartera, la lista de cosas faltantes, un puño de monedas y la frustración. Pienso en ver una película pero no sé cual, no es problema, pensarlo forma parte del descanso.

Mi primera opción es Gladiador. Desde siempre la recuerdo como la película que reunía a mi familia cada Viernes Santo, era nuestro Ben-Hur. Tomo la caja, el disco y pienso “hoy podría ver otra cosa”. Es extraño, estando cansado sólo quiero mirar cosas que ya conozco. Abro un archivo, una página de internet, reviso dos artículos, un trailer, ya está, voy a ver Espartaco (1960), de Stanley Kubrick.

La noche se alargó más allá del descanso pero no importó. Espartaco es una película extensa pero, a diferencia de Titanic, no tuve la sensación de perderme. Quedé impresionado por el detalle y la ropa, por los escenarios majestuosos, tan plásticos, tan materiales, casi podía abrir las cortinas para entrar en las casas de campaña, o sentir la arena en las manos o el sudor en los brazos. Últimas escenas. La nobleza de Espartaco y la lealtad de sus amigos alcanzan el clímax en un final lleno de hermandad y fraternidad. Ha viajado mucho Espartaco, ha peleado demasiado y por fin ha obtenido una recompensa. Son las 2:00 am, hace más frío, me limpio las lágrimas, pienso en las actividades de mañana, en Espartaco, en el futuro y en una clase rara de tranquilidad que me dejó la película. Algunas películas pueden ser un bálsamo que cura, una de esas cosas que no comprendes hasta que la vives.

Las películas que nos gusta escuchar

El ritmo con el que mejor conecto es el de rock and roll. No me refiero al subgénero de los cincuentas sino a todo el rock, lo que pasa es que me gusta nombrarlo con todo y apellido. Y digo “todo” porque puedo escuchar que el rock es atravesado por un ritmo similar de principio a fin: de Muddy Waters a Bob Dylan y los Rolling Stones, pasando por Supertramp y Oasis. Es pegajoso, tiene mucha actitud y lo mejor, es simple. Podría seguir explicándolo pero Elvis lo hace mejor:

Pero, ¿qué significa conectar? Verán, no sólo es que el sonido te guste, lo frecuentes y lo sigas con el cuerpo. Sí tiene que ver con eso pero no es lo único. Se trata de la forma en que la música, la que sea, se incorpora a tu propia vida, y en la mía el rock está en todo: en la forma de motivarme, de disfrutar la belleza y en mis pensamientos sobre el futuro o el presente.

También estuvo en aquel verano extraño y caluroso que considero el mejor de mi vida, y cuyos recuerdos guardo una alacena sin ordenar: dos discos hermosos, What’s Going On de Marvin Gaye y Breakfast in America de Supertramp, al lado de las reflexiones con mis amigos sobre salud mental, las historias de terror, la belleza de las playas desiertas, las tardes de películas con Carolina y las ganas de beber que nos provocó Rocketman, “después de esa pones Medianoche en París”, las cervezas en el balcón de la casa, “¿a qué época te gustaría viajar si pudieras?, a los setenta, todos dicen que sería genial ver a los Beatles pero me gustaría ver mejor el regadero que dejaron, yo viajaría a los años veinte, como en la película”. Sin darnos cuenta montamos nuestra propia fiesta rodante de sueños, luces y sombras. 

Eso es el cine, un enorme depósito de la vida.

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