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¿Por qué me conmueve ver los Oscar? Introspección sobre el sueño de hacer películas

Por Miguel Ángel Galán

La ceremonia 2023 de los Oscar trajo momentos muy emotivos y muchas lágrimas, entre ellas las mías, y por ello en esta entrada de #BlogCIBEF les contaré algo personal: por qué la entrega de premios me parece tan conmovedora, aún con tantas buenas razones para pensar lo contrario.

Ilustración del Oscar por Petra Börner

Hace un tiempo decidí atormentar mi vida escribiendo una tesis de posgrado, dado que dicha tarea es complicada, comencé a realizar un pequeño ritual para levantar el ánimo: veía videos de cineastas mexicanos recibiendo un Oscar. La tesis no era sobre cine pero lograba surtir el efecto que buscaba: ponerme de buenas y seguir. ¿Por qué pasaba esto? Sobre eso quiero hablarles.

Para empezar, este era un ritual sencillo: en algún momento del día llegaba el bajón emocional, ese punto oscuro donde aparece una duda existencial tras otra. Al sentir que estas ya eran demasiadas abría YouTube, le daba play a mi lista de reproducción, me recostaba y dejaba que la inyección motivacional me entrara por los ojos y los oídos.

Artistas mexicanos han sido premiados desde los cincuentas. No me sorprende que Anthony Quinn haya sido premiado, me sorprende que sea mexicano, sinceramente no lo esperaba.

Al principio prestaba mucha atención al lenguaje corporal de los premiados: los gestos de sorpresa, la forma de abrazar a sus compañeros y besar a sus parejas, las maneras de acomodarse el saco, el guiño a la cámara antes de recibir el premio, el saludo con los presentadores, las risas de complicidad, los agradecimientos formales, las palabras irreverentes y las dedicatorias a mamá, a México, a los cineastas y a los soñadores.

Los veía una y otra vez pensando “¿qué diría yo si estuviera ahí?”, imaginándome llegar a la meta de un camino que desconocía. Cerraba la pantalla, abría los archivos, tomaba un sorbo de taquicardia líquida y seguía anotando números, revisando citas y escribiendo cuartillas. 

Después de un tiempo superé esta etapa de asombro ingenuo de mi pequeño ritual al valorar otras cosas que tienen que ver con el oficio de hacer cine. La más importante de ellas fue comprender que hacer películas puede ser una tarea sumamente compleja y abrumadora. 

Así se fue deshaciendo una imagen idealizada de la creación artística, llena de aspiraciones, imágenes estilizadas y estrellas iluminadas. Leyendo, investigando y preguntando entré por la puerta de atrás para darme una idea de lo difícil que es organizar un ejército de talentos, malabarear fondos y escribir historias que tal vez nunca se filmen. Así fui comprendiendo que premiar a un creador cinematográfico, desde aquellos dedicados a la parte técnica (y generalmente oculta a los ojos de todos) hasta los productores y directores, tiene más mérito de lo que parece. Los rituales significativos duran en el tiempo aunque se transformen. Yo seguía realizando mi pequeño ritual pero ahora los miraba con otros ojos.

Detrás de cámaras de The Revenant (2015). Vi El Renacido en el cine, fue una de las primeras veces que fui al cine solo. Emmanuel Lubezki se convirtió en mi primer ídolo.

Pero todo ese torrente de emociones y descubrimientos chocó con una idea tan firme como una montaña, mi desconfianza hacia la Academia, una postura crítica que cuestiona a una industria que excluye a las mujeres, a la comunidad LGBT+ y a personas de distintas razas, identidades y nacionalidades. 

Y cómo no iba a desconfiar, haber estudiado sociología y pensar como sociólogo es mi don, mi maldición, y si algo es criticable y cuestionable para un sociólogo es precisamente el premio Oscar, que hasta hace algunos años sólo se entregaba a las películas que cumplían las normas de un jurado compuesto, en su mayoría, por hombres blancos, norteamericanos y heterosexuales. Podemos nombrar un quiebre en este panorama en 2015 con el hashtag #OscarsSoWhite, símbolo de un movimiento que abogaba por la diversidad en Hollywood y que, en cierto modo, inclinó unos milímetros la balanza para que se reconocieran a artistas negros o asiáticos como Lupita Nyong’o, Barry Jenkins (director de Moonlight (2016), primera película LGBT+ ganadora del Oscar a mejor película), Michelle Yeoh y Ke Huy Quan.

Esta fisura en el mundo blanco influyó en el reconocimiento de creadores mexicanos como Cruz Antonio Contreras Mastache, Emmanuel Lubezki, Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón (por mencionar algunos). Un cambio minúsculo en un entorno cerrado e inamovible, pero cambio al fin. 

Más no tardó en caer la imagen de héroes que nos traen el fuego sin quemarse las alas. Más allá de los méritos artísticos de estos creadores, en la realidad no todos tienen las facilidades que tuvieron algunos de ellos para llegar a donde están, tales como la posición económica o el capital cultural heredado de la familia. 

Comencé a llenarme de dudas que, aunque no podía resolver, me servían para poner un problema en palabras:

¿Por qué, habiendo tantas razones válidas para pensar lo contrario, me seguía pareciendo motivante que una persona consiga un Oscar después de mucho esfuerzo y a pesar de tantos obstáculos? 

¿Qué sentido tiene ahora observar, de manera religiosa, sus gestos y repasar sus películas? 

¿Acaso se trata sólo de una proyección personal del reconocimiento que uno espera recibir por hacer lo que más le gusta?

¿Qué puedo hacer ante las contradicciones que están detrás del brillo de un premio?

La única manera de afrontar esas preguntas fue apelando a lo que sentía, y eso era que el ritual de ver a personas consiguiendo un objetivo me había dado ánimos en un momento difícil de un proceso difícil. Y aunque esto era un motivo suficiente para abrazarlo y volver a él cuantas veces fuera, no era el único.

Todos esos actos conectaban con una necesidad personal de reconocimiento, tal como las cosas más inesperadas conectan con la historia personal de cada quien. Pero esto iba más allá, pues esta pequeña práctica me llevó a encontrar una razón más fuerte y duradera:

Hay cosas por las que vale la pena seguir y esforzarse, y una de ellas es el sueño de comunicar ideas e historias, a través de imágenes y música, para que otros las sientan como uno las siente.

Me llevó también a comprender que, por más que tenga la capacidad de indignarme por los males del mundo, hay cosas que simplemente me rebasan y están fuera de mi control; que posiblemente no me corresponda crear una nueva corriente experimental, difundir el mensaje más transgresor o reparar lo que otros se empeñan en que siga descompuesto.

El mensaje de mi ritual es: inténtalo, inténtalo, nunca dejes de intentarlo. 

Presenté exitosamente la dichosa tesis una tarde de septiembre encerrado en mi cuarto. Mi pequeño ritual me había dado la energía para terminarla aunque no por las razones exactas: aunque la investigación me llevaba por un camino interesante en el análisis de las redes sociales, yo en el fondo deseaba hacer películas.

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